23 de abril de 2021

Clécio Morais, de 30 años, está en pleno proceso de transición agroecológica en un área equivalente a 1/4 de su pequeña propiedad de unas dos hectáreas ubicada en la zona rural del municipio de Altinho, al oeste del estado de Pernambuco.

Para ser más precisos, Clécio y su esposa Ana Alice están en el inicio del proceso de transformación de su forma de plantar y gestionar la tierra, el agua y las plantas. A mediados de septiembre de 2019, conocieron el Centro Sabiá, una organización que forma parte de la Articulación del Semiárido (ASA Brasil), que comenzó a prestar asesoramiento técnico agroecológico a la familia de Clécio como una acción resultado de una asociación entre el Centro Sabiá y el Proyecto Dom Helder Camara II, vinculado al Gobierno Federal, con recursos del Fondo Internacional de Desarrollo Agrario (FIDA), que también financia el Proyecto Daki Semiárido Vivo.

A partir de esta fecha, Clécio puso en marcha su sistema agroforestal, en una zona que se empeñaba en cultivar sólo hortalizas con resultados desalentadores. Cuenta que donde tenía el huerto, el suelo estaba medio degradado. Antes, sus abuelos habían plantado maíz y frijoles, que mantenían la tierra siempre desnuda. Después de iniciar la gestión agroforestal, Clécio ya ha notado un gran cambio en el suelo, que empezó a recibir una cobertura de arbustos podados. Así, el agua no se evaporó de la misma manera que antes. A partir de entonces, bastó con poca agua para mojar el suelo, que permaneció húmedo durante más tiempo. Un comportamiento ideal para una región seca, sin fuentes perennes de agua y con lluvias concentradas en determinadas épocas del año.

Sólo con estas sencillas medidas, Clécio empezó a notar grandes cambios en la vida del suelo, que empezó a albergar gusanos y hongos. “Vi mucha diferencia en el crecimiento de las plantas. Creo que se debe a la diversidad de plantaciones y a la humedad del suelo cubierto”, dijo. En la zona de transición agroecológica hay plantas como la moringa, la gliricídia, la castanhola, el ipês y el olivo morado. Estas tres últimas son especies autóctonas.

También hay una gran variedad de árboles frutales como la guayaba, la acerola, la pera, la piña, el jambo, el plátano, el coco y la caña de azúcar. Además de las plantas para la alimentación animal, como la palma forrajera y el mandacaru sin espinas. En el espacio de cinco metros entre las hileras, Clécio y su familia plantaron hortalizas, legumbres, judías, maíz, calabacín y algunas plantas medicinales como el romero, la albahaca, la hierba limón y la ruda, que tienen la función de ahuyentar a los insectos por el olor que desprenden, además de ser plantas con propiedades medicinales.

Para regar la tierra, se hizo un sistema de goteo que ahorra, según Clécio, un 70% de agua en comparación con el método que utilizaba antes para regar las plantas. El líquido se bombea desde el arroyo Guaraciaba que atraviesa la propiedad a unos 60 o 70 metros de esta zona.

Con la diversificación de la producción y el aumento de los ingresos, la familia ha aumentado los productos que vende. Antes, sus ventas se centraban en las verduras. Desde hace algún tiempo, también han empezado a vender caña de azúcar, acerola, semillas de judías de cerdo -un excelente abono para la tierra, rico en nitrógeno-, semillas de moringa, además de lechuga, cilantro y cebollino, que ya vendían antes.

En vista de los rápidos y prometedores resultados, Clécio tiene previsto aumentar la superficie agroforestal en 800 metros cuadrados. “Hay otras zonas de la propiedad que necesitan reforestación”, dice. “Pero, como todo proyecto implica un costo, estoy esperando una oportunidad, una asociación para aumentar mi área”, continúa, y agrega que para transformar 0,5 hectáreas en agroforestales se necesitaron sólo 500 reales, una inversión realizada por el Centro Sabiá.

Además de esta contribución, el joven Clécio también invirtió R$ 1.500 a los que accedió desde el Fondo Rotatorio de Solidaridad. Se trata de un préstamo que se devolverá al Fondo en tres plazos cada 6 meses. Con este recurso, el agricultor compró una motobomba para bombear el agua del arroyo y estructuró una zona cubierta para la producción de plántulas y hortalizas en un entorno protegido.

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